Voces

Marietou Diallo y Luisa Kitoti son amigas desde hace ocho años. Marietou emigró de Guinea Conakry a los once y Luisa es hija de congoleños nacida en Tenerife. Su color de piel es el negro como el café, las rocas, el betún o el carbón y esto ha condicionado sus vidas. A pesar de tener solo diecinueve años han experimentado lo que es nacer con otro color que no es el predominante en Canarias. Ahora sus voces relatan una historia común, de todos los días, que tal vez por eso no se toma en cuenta porque está anquilosada entre kilos de rutina. Es la historia de ellas dos pero también de muchas otras: son negras, mujeres y en un país mayoritariamente blanco.

Diallo se quita la peluca y la deja encima de la lámpara de tal manera que personifica al objeto. «La gente se piensa que por hacernos trenzas o llevar peluca odiamos nuestro pelo y eso no es así. A mí me encanta mi pelo», dice Luisa jugando con un puñado de las trenzas pelirrojas que luce.

A veces nuestro propio cuerpo puede ser reivindicativo, el pelo afro siempre ha sido menospreciado por la cultura occidental. Las mujeres llegaban a aplicarse productos químicos muy dañinos, solo para conseguir alisar su cabello. Pero el cambio llegó con las más jóvenes que reivindican los aspectos que definen su etnia como igual de bellos que el resto. «Ama tu color, tu pelo, tu cultura, tus tradiciones, ámate», apunta Luisa Kitoti y su compañera incluso recuerda como su madre se aplicaba productos para hacer que su piel fuera más clara.

Las huellas de una inmigración heredada


La historia está llena de mujeres negras que se han volcado en la causa feminista como  Sojourner Truth que en 1851 con su discurso ¿Acaso no soy una mujer? Reivindicó que el feminismo era una cuestión de todas y no de la mitad de la población de color blanco. Estas dos universitarias no se sienten parte del movimiento feminista, tampoco piensan que el feminismo actual integre a las mujeres racializadas.

Las necesidades por las que luchar son diferentes, como que no se asusten de ti si vas caminando por la noche, eliminar el paternalismo que hace que a la gente le dé pena que vengas de África (no solo hay pobreza), que no se sienten a tu lado en el tranvía o que compañeros de tu clase afirmen que no ven bien «que bailen dos negras en la orla moviendo el culo».

¿Han sufrido sexismo alguna vez? «Sí, claro todos los días de mi vida», afirma la guineana a la cual su familia le exige constantemente que cumpla con la forma de vida que exige la religión musulmana: ser virgen hasta el matrimonio, no salir de fiesta, vestir de una manera conservadora y no beber, entre otras cosas. Las exigencias eran tan desproporcionadas que después del primer año de universidad decidió irse a vivir sola porque, como dice, «esas normas fueron hechas por hombres y ahora estamos en otros tiempos. Yo soy una persona con alma e impulsos, con la necesidad de vivir y no voy a frenarme por algo que se diga en un libro».

Luisa Kitoti y Marietou Diallo en Santa Cruz de Tenerife. (Gretel Morales Lavandero, 2018)

La aleatoriedad de la inmigración ha hecho que estas dos amigas se encontraran como han hecho otras miles de personas que huyen a otros países buscando una vida mejor. Las huellas son casi imperceptibles, el polvo del camino las ha cubierto y ahora ellas, como sus padres, inician una nueva vida en sus manos, que estará marcada por otros países donde la comunidad negra está más integrada.

Ellas mismas afirman que tendrán que irse de España, el país donde han vivido gran parte de sus vidas, para poder cumplir sus sueños: un trabajo digno, una vida y una familia basada en unas tradiciones, que a pesar de los cambios no olvidan. No creen poder encontrar un trabajo acorde con sus estudios de Contabilidad y Administración y Dirección de Empresas en la Universidad de La Laguna por su color de piel.

Por eso, marcharán a Inglaterra, Francia, África o donde se tercie una oportunidad. No le tienen miedo al futuro, al fin y al cabo por sus pieles ya ha pasado el insecto infecto del cambio, de buscar un sitio mejor donde vivir, de sobrevivir. Luisa Kitoti dice que piensa demasiado en visitar el Congo, el país que no la vio nacer pero del que ansía conocer  para entender sus raíces. Marietou Diallo habla de Guinea Conakry y mira hacia arriba como buscando el recuerdo en el aire, se le encienden los ojos y la sonrisa no se desdibuja de sus labios ni un segundo. Es sabido que el recuerdo, en ocasiones, deja cicatrices, en sus casos tienen nombres de países.

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Co directora de Revista Spotlum.

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