Apuntes sobre violencia e ideología ultraderechista.

El pasado 20 de febrero, un ultraderechista alemán lanzó un doble ataque de corte xenófobo en la ciudad de Hanau. Este acto terrorista se saldó con la muerte de diez personas, además del propio atacante y su madre. Alemania, en pleno terremoto político tras los sucesos de Turingia, donde el candidato liberal a la presidencia de la región se sirvió del apoyo de los extremistas para llegar al poder, veía como la violencia de extrema derecha asestaba un duro golpe al centro mismo del orden político no solo de su estado, si no que de toda la Unión Europea tolerante y comunitaria. El golpe es peor si tenemos en cuenta que los servicios de inteligencia europeos consideran este acto no como un hecho aislado, si no como un proceso de radicalización que viene sustentado de tras años de discurso político poco o nada combativo con esta violencia.

Algunas de las agresiones sufridas por inmigrantes en territorio griego. (Belal Khaled, 2020)

Para entender el porqué, es importante analizar la evolución de la violencia de extrema derecha en estos años. El Institute for Economics and Peace, en su informe anual Índice de Terrorismo Global, arroja un dato contundente: en el periodo 2014-2019 la violencia ultraderechista se ha incrementado en un 320%. El aumento de víctimas mortales también es un hecho: en el año 2017 hubo 11 muertos en estos atentados, por 28 en el 2018. En septiembre de 2019, cuando se publicó este informe, el contador iba ya por 77 muertos. Otro dato que arroja el ITG muestra que, aunque el número de atentados ha descendido en estos años, el número de detenidos crece de forma inversamente proporcional. La conclusión es clara: los cuerpos de inteligencia y seguridad afinan cada vez más en la detección de estos individuos antes de que puedan llevar a cabo sus pretensiones violentas. Aún así, atentados como el de Hanau traen a la mente los asesinatos de Anders Breivik en Noruega (2011) o las matanzas en mezquitas en la localidad de Christchurch, Nueva Zelanda (2018).

En este sentido, el OIET (Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo) comparte el mensaje del IEP: la violencia de extrema derecha es un tipo que está cada vez más al alza. Las motivaciones, variadas (odio, xenofobia, homofobia…), unidas en muchos casos a patologías psicológicas de los individuos que las llevan a cabo, muestran el sustento que las ideologías reaccionarias dan a estos actos, y la vista gorda de otra parte de la política ante la escalada de violencia ultraderechista.

Violencia e ideología extremista, de la mano

Para la Europol, el ascenso de grupos políticos de extrema derecha europeos tiene una relación directa con el incremento de los actos violentos. Manuel José Gazapo Lapayese, director del Observatorio de Seguridad Internacional, defiende que el clima de tensión y odio a los que estos grupos someten a una parte de la sociedad provoca que el umbral de violencia de determinados sujetos y organizaciones descienda. La respuesta violenta, tanto verbal como física, está cada vez más presente en su ideario. Mientras tanto, los partidos políticos desmarcan su discurso de las acciones y atentados que se perpetran bajo la ideología extremista. Su justificación se basa en la premisa de que estos individuos responden al perfil del lobo solitario, que actúa por su propia cuenta y que no tiene ningún tipo de relación de afiliación con ellos. Sin embargo, son estas mismas formaciones los que, ante actos de violencia y terrorismo yihadista, no dudan en atacar al islam y a la comunidad musulmana como núcleo neurálgico que sirve de sustento para las aspiraciones ideológicas de estos terroristas.

En este sentido, es interesante conocer la opinión de Javier Biosca, doctorado en Seguridad Internacional. Para Biosca, existe una concienciación más o menos global de que los actos de extrema derecha no deben ser considerados como terrorismo. El experto en seguridad internacional lo tiene claro: “a partir del 11-S, se ha creado una imagen de terrorismo que solo responde a las características del yihadismo, pero este tipo de violencia va mucho más allá”. Es así como se crea el clima perfecto para que el discurso xenófobo cale aún más hondo, justificando la violencia contra un colectivo musulmán al que se ha convertido en imagen del terror en las calles de Europa. Desde el año 2017, organizaciones y asociaciones europeas vienen denunciando la oleada de atentados contra grupos y centros musulmanes que se llevan a cabo en la Europa del Este y que, cada vez más habitualmente, son abortados por los servicios de inteligencia de países como Francia, Grecia o Alemania. Hechos como el de Hanau muestran que las medidas tomadas son, hoy en día, insuficientes.  

La normalización ideológica, la normalización de la violencia

El blanqueamiento de esta violencia está en gran medida condicionada por el blanqueamiento que la derecha moderada viene haciendo en los últimos tiempos del discurso político enarbolado por la extrema derecha. Esta normalización llega en algunos puntos a la adopción del mensaje extremista por parte de partidos que a priori deberían ser considerados más de centro. Para Carolin Emcke, periodista y filósofa alemana, discípula del pensador Jürgen Habermas, esta estrategia solo puede llevar al segmento del espectro político mencionado a la desaparición. Emcke defiende la idea de que, una vez la sociedad asume el discurso político ultraderechista, se decide a votar a la fuente ideológica original y no a las diferentes copias de otros partidos políticos. ¿Por qué, entonces, la derecha tradicional asume un discurso y una posición ideológica que le puede llevar a desaparición? Tal vez la respuesta esté en la tesis de Brumario, del filósofo y economista Karl Marx. Esta tesis, definida en las palabras del politólogo Pablo Simón, expone como “la normalización de la extrema derecha depende más de su programa económico, que no la define, que de lo agresivo del retroceso autoritario que propugne”. El discurso económico liberal de la extrema derecha, que defiende el sustento del statu quo ya establecido, otorga a la derecha moderada la sensación de estar en contacto con una parte de la clase obrera muy descontenta con las medidas económicas socialdemócratas.

Esto se ve muy bien cuando analizamos las zonas donde mayor captación de votos tiene esta ideología: las zonas de extrarradio con gran estancamiento económico. Sin embargo, Carolin Emcke cree todo lo contrario. Según ella, ideología y violencia extremista están imbricadas porque este movimiento no surge de las periferias sociales, si no que nace en el mismo centro de la hegemonía social. Lo que hace que la ultraderecha cale más entre las clases bajas que la socialdemocracia o la derecha moderada es el hecho de que esta ofrece una utopía, un mundo ideal, basado en mentiras, que responde al descontento de una parte de la ciudadanía. En este punto, la normalización de la extrema derecha y el blanqueamiento de la violencia de la que es autora intelectual se revuelve contra los principios mismos del orden político tradicional. Además, una parte de la extrema derecha ha sabido alejar su imagen del ideario público de esa violencia que caracteriza al fascismo. Mateusz Mazzini, sociólogo de la Academia de Ciencias Polaca, diferencia entre la extrema derecha italiana, que ha buscado envolver su discurso político a través de una estética más acercada al tradicionalismo, y los ultraderechistas polacos, que no ocultan su profundo carácter violento e intolerante. Para Mazzini, ambos grupos políticos saben canalizar la violencia intrínseca a su ideología adecuándola a las características de sus respectivas sociedades.

Internet y los medios de comunicación, el altavoz ideal

 El papel de internet y de los medios es fundamental a la hora de entender la propagación y la normalización del discurso xenófobo, homófobo y machista de la extrema derecha. La idea de estos grupos es la captación de gente joven a través de mensajes muy sutiles pero directos. Buscan que el rastro de la radicalización se vuelva confuso e imposible de rastrear. Aunque, según Rishab Nithyanand, catedrático de la universidad de Iowa, está estrategia no es para nada necesaria. El estudioso lleva años analizando los canales de comunicación y de difusión de la extrema derecha, y sus conclusiones son claras: el volumen del discurso del odio en las redes sociales es imposible de cuantificar y controlar. Más aún, recalca Nithyanand, si las normas de estas plataformas no establecen ningún límite real a este tipo de mensajes. Por todo ello, nos encontramos en una situación en la cual los foros de la extrema derecha, contenedores para que los individuos afines a este movimiento puedan verter su odio, están presente en la primera línea de Google, sin que la empresa haga lo más mínimo por erradicarlos, basándose en su defensa de la libertad de expresión. Obviando que, en un régimen democrático, el respeto al derecho de opinión no debe ser confundido con la idea de que todas las opiniones son respetables. El primero es garantía de valía democrática. El segundo, es la corrupción del sistema de representación de la ciudadanía.

Mnaifestantes alemanes de extrema derecha en contra de la inmigración. (Axgencia Reueters, 2016)

Algo parecido ocurre en los medios de comunicación. Para Carolin Emckert, la forma en que los medios están tratando el auge de la extrema derecha y, por ende, el de la violencia ultraderechista, daña de forma grave los cimientos de la sociedad del conocimiento. El hecho de que a políticos de extrema derecha se les dé espacio y altavoz en tertulias que se hacen pasar por supuestos debates políticos, no hace más que legitimar su discurso y su narrativa, al poner al mismo nivel su mensaje y el del resto de opiniones y posiciones ideológicas. Además, otra parte de la prensa parece haber decidido hacer la vista gorda ante los continuos atropellos que partidos e individuos ultraderechistas llevan a cabo sobre cualquier estamento o grupo contrario a sus posicionamientos, incluso aunque estos sean también periodistas. En España tenemos un ejemplo muy cercano: el partido de extrema derecha VOX ha vetado en diversas ocasiones la entrada a sus actos medios que se han mostrado en contra del grupo político liderado por Santiago Abascal. En este contexto, el resto de los medios de comunicación ha seguido cubriendo y difundiendo el discurso del partido xenófobo y machista español. Para el escritor y periodista gallego Manolo Rivas, es incoherente que un grupo de periodistas siga asistiendo a las ruedas de prensa del partido fascista mientras otros compañeros son vetados.

En esta situación de normalización de la violencia de la extrema derecha, parece claro que el papel de los medios ha dejado bastante que desear. Empujados por la deriva política, pero sin haber puesto ninguna traba a la deriva ideológica de nuestra profesión, parecemos haber olvidado el papel crucial que jugamos dentro de la evolución de nuestra sociedad. Informar y educar han dado paso al entretenimiento y a la ficción. La importancia del saber ha perdido todo su peso. Y la extrema derecha, a través de su violencia verbal, física y política, sabe muy bien como aprovecharse de esa debilidad. En palabras de la periodista Rosa María Calaf, “ser críticos con la información es sinónimo de una sociedad más libre”. Hoy más que nunca esa oración debe ser el mantra en la lucha contra la extrema derecha.

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