Papá ha cambiado el mundo

Todo confluye hacia la exhibición pública de los problemas de un estado que no ofrece los recursos formativos para combatir el racismo ni tampoco los económicos para luchar contra los umbrales de la pobreza. (Munshots, mayo de 2020)

En uno de los tantos vídeos que circulan por las redes sociales, Gianna Floyd, hija del fallecido George Floyd, dice la frase que corona este artículo. Subida en los hombros del exjugador de baloncesto Stephen Jackson, íntimo de Floyd, esboza una sonrisa mientras se menea de un lado para otro. Aunque quizás haya sido una forma cruel de hacerlo, si el recuerdo de su padre no ha cambiado el mundo aún -al menos Estados Unidos-, estaría camino de hacerlo.

La situación masiva de manifestaciones es la firme conclusión de algo que ya podríamos suponer: si observamos al gigante estadounidense más allá de los índices macroecónomicos y militares, está mucho más vacío de lo que ha intentado vender. Nos encontramos con un sistema político que es una bestia, como titula Rose Mertens en su artículo para El Salto «La bestia estadounidense: la imposibilidad de un tercer partido«, aniquiladora de alternativas políticas al prolongado bipartidismo. Esta forma canovista de articularse hace que la democracia estadounidense tenga grandes problemas de representación social; cuando el voto a una tercera agrupación se presupone malgastado, cuanto menos idealista o radical, los indicadores de la democracia representativa deberían saltar. Más todavía si, en un país de más de trescientos millones de habitantes, todo se reduce al republicanismo salvaje de Donald Trump o la moderación considerablemente moderada de Joe Biden.

A esta estructuración política incapaz de satisfacer representativamente a tal magnitud demográfica se le suma una sociedad donde el ascensor social está estropeado, pese a que el símbolo del sueño americano siga muy presente. La crisis de la covid-19 ha dinamitado su fachada de teórico esplendor y puesto sobre la mesa las deficiencias; según un estudio en 40 estados del Laboratorio de Investigación APM, los afroamericanos fallecen al doble de ritmo que los blancos. Detrás de esto, nada más y nada menos que factores sistémicos como el desempleo y la precariedad de las viviendas, la falta de seguro médico o las décadas de segregación.

Por estos problemas estructurales, incluso podemos entender que el detonante no ha sido ni siquiera la gestión de la covid-19, aunque influya de manera clara. Ha sido la muerte de George Floyd, con una autopsia privada que contradice la versión oficial y defiende que fue asfixiado, lo que prende la mecha. Al virus de la covid-19 se le añade un racismo arraigado.

Según la organización Mapping Police Violence, el 99% de las muertes por parte de la policía entre 2013 y 2019 no acabaron con condena por delito y, ni siquiera, con acusación hacia los agentes. La militarización de la policía, que ha interiorizado el uso de la violencia como primera herramienta de actuación, no es menor. Y este grado de aceptación y normalización de la violencia de los cuerpos de seguridad estadounidenses solo alimenta el sentimiento general de impunidad.

Todo confluye hacia la exhibición pública de los problemas de un estado que no ofrece los recursos formativos para combatir el racismo ni tampoco los económicos para luchar contra los umbrales de pobreza. Y no estamos hablando de un país que cuente con pocas contribuciones presupuestarias, pese a que a veces nos distraigamos y lo veamos como un paraíso liberal o la simiente de un supuesto primer paso hacia un anarquismo capitalista. Es, más bien, un edén neoliberal que escapa de los postulados lockianos del siglo XVII.

Si el sueño americano era dar una pequeña porción de bienestar a sus ciudadanos, la utopía se hace añicos. Las desigualdades sociales lo impiden, de igual manera que la imposibilidad de tener segundas oportunidades. Por cada historia de éxito empresarial típicamente norteamericana, habrá muchas más historias de tragedia y falsa libertad. Es una de las lecciones de Jose Luis Sampedro: sin dinero, no quedan demasiadas opciones para el deber de vivir la vida.

Tanto el capitalismo como los postulados teóricos críticos con él se han fundamentado, de manera lógica, en una visión económica. Y es imposible que no veamos un componente materialista en la ola de manifestaciones. No obstante, este predominio del análisis mercantilista ha hecho que, poco a poco, olvidemos la importancia de lo social y el impacto de lo cultural en las sociedades que conformamos. Ambos elementos no están siempre subyugados a la estructura de base económica, sino que muchas veces son los principales motores de los movimientos rupturistas más recientes: las manifestaciones de Hong Kong, los chalecos amarillos en Francia, Black Lives Matter. Es decir, a veces las causas no son meramente socioeconómicas, con lo social adherido a lo mercantil, sino económicosociales.  

Marcha por la igualdad de derechos, hogares dignos y el fin de los estigmas hacia la población afroamericana. Washington D.C. (Warren K. Leffler, 1963)

Desde luego, las circunstancias económicas son una pieza del tablero de ajedrez, pero no la única. No debemos perder de vista precisamente eso: pese a que nuestra sociedad se fundamente en las relaciones interpersonales desde una visión económica, seguimos construyendo una cultura y respondiendo a unos valores sociales. A pesar del materialismo de nuestro pensamiento, tenemos problemas identitarios, emocionales y sociales.

Ahora, asistimos a una reivindicación antirracista muy necesaria, pero el movimiento no es nuevo ni son las primeras manifestaciones. Además, lo que estamos viviendo expone la necesidad de dejar los binoculares digitales que proporcionan las redes sociales y observar Europa. La misma tipología de mensajes que se ven en el otro continente está aquí, latente, pero asignada a otros “demonios”: los inmigrantes, los refugiados, el pueblo gitano, los manteros. No nos creamos adalides de la pureza y del máximo principio cristiano de amor al prójimo. Que la muerte de George Floyd diseccione en canal, allí y aquí, las raíces de nuestro pensamiento y del mundo en el que vivimos.

Quizá, si tenemos en cuenta el espectro ideológico, podamos diferir en el análisis. Quizá podamos tener un concepto distinto de libertad social y económica, incluso de las causas y de las posibles soluciones. Y, aun así, debiéramos confluir, desde un eje al otro, en lo mismo: la necesidad y la importancia de defender, en última instancia, la dignidad humana, que es lo único que nos permite salvarnos de la intolerancia; la dignidad como el único elemento que nos permite mirarnos al espejo y no encontrar un monstruo. Demostremos, entonces, que papá realmente ha cambiado el mundo, y no solo los Estados Unidos de América.

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Estudiante de Periodismo en la USC. Corrector de estilo y escritor novel. Del 99.

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