La corrección política no es una maldición

The Last Jedi supuso la introducción del feminismo en el universo Star Wars (Hipertextual, 2017)

El ser humano gusta del acto de arder. Admitámoslo; nos encanta esto de incendiarnos como a un tonto un reloj. Y de todos los temas de potencial combustión entre coetáneos, pocos alumbran más el debate público que el malogrado concepto que da vida a este pequeño artículo. Más aún cuando incumbe algún aspecto de la creación cultural. 

Y es que no son pocas las obras que se han vilipendiado hasta el extremo, últimamente, en una quema de brujas con un único (y repetido hasta la saciedad) chivo expiatorio: la corrección política. El término fue popularizado mayormente por la alt-right (¡qué sorpresa!), la extrema derecha estadounidense en los 90. Y se usa para definir las políticas y medidas destinadas a favorecer o no ofender a determinados grupos/causas (feminismo, movimiento LGBT…) del entramado social. 

Sin embargo, es en la ficción, como hija y consecuencia ésta de los movimientos sociales, donde más detractores ha encontrado. Y es así porque, pese a su origen en las derechas, sus contrincantes provienen de todos los márgenes del espectro político. Aplicada al ámbito cultural, la corrección política se refiere a la introducción de personajes o ideas que, por novedosas en tal ámbito, que no en el social, terminan por chirriar a buena parte del público.

A la ecuación hay que sumarle otro hecho capital. En un gran número de ocasiones, las obras que más se han prestado a esta clase de prácticas son secuelas o remakes de sagas queridas. Es decir, películas que no suelen gustar o que ya generan altas dosis de polémica de por sí, haya política o no. Lo que provoca que el público termine apuntando su rabia hacia el componente político novedoso, por anecdótico que sea. 

Hay ejemplos de sobra (ya sea en películas, videojuegos o series, tanto da) de productos odiados por su inclusión de personajes femeninos o racializados. O por su defensa de algún movimiento social, simplemente. Véase The Last of Us 2, Las Cazafantasmas, Aves de Presa, Wonder Woman o Capitana Marvel, aborrecidos hasta el extremo por su claro posicionamiento a favor del feminismo. O, más reciente, a raíz de la futura serie de Amazon de El Señor de los Anillos, el debate sobre si podía haber personajes negros o asiáticos en una obra inspirada en los escritos de Tolkien. Como si eso de la multirracialidad en la Tierra Media fuera algo nuevo. 

Así, es habitual leer o escuchar argumentos tan volubles y vacuos, si se piensa detenidamente, como “que creen historias nuevas con esos personajes, pero que no jodan las que ya tenemos”. Y es que, realmente, ya existen esas obras. El problema es que Retrato de una mujer en llamas, por muy buena película que sea, no está dirigida al gran público. Y en comparación con las comentadas, la habrá visto un porcentaje muy pequeño de personas. Gente que, sabiendo a lo que se enfrenta, no se asusta porque una película vaya sobre algo tan terrorífico como las lesbianas. 

Es crucial que sea precisamente en las obras de gran consumo donde se puedan ver y normalizar esa clase de historias, pues llegan a mucha más gente y componen referentes culturales más relevantes para el público medio. No todo el mundo ve cine de autor, pero sí todo el mundo ve cine.

Disparadora de polémicas

El asunto con The Last Jedi es uno de mis predilectos, pues es un gran ejemplo del tipo de injurias y calumnias que se utilizan contra estas obras. Basta una navegación ligera por la red para encontrar joyas con títulos como “The Last Jedi y la tiranía de lo políticamente correcto”, “Cómo el feminismo arruinó Star Wars” o, cuidado, agárrense a sus asientos, “Star Wars: la última prueba de que la corrección política ha arruinado al cine”. Al cine en mayúsculas, ojo.

En ocasiones, la cuestión llega a niveles esperpénticos. Ya no solo por la combinación de acoso e insultos en redes sociales a los trabajadores y fans, que también. Sino por hazañas como las perpetradas por un usuario de Reddit , que rehizo el filme eliminando todas las escenas protagonizadas por mujeres (o en las que éstas daban órdenes, ganaban combates…). 

Otra que me encanta es la del usuario de Twitter que lanzó a las redes un ensayo, supuestamente basado en sus estudios de biología (es decir, amparado por el método científico y el empirismo), sobre por qué un personaje de The Last of Us 2 no podía ser tan fuerte o estar tan musculada. Desgranando hasta lo enfermizo detalles como qué debía comer una mujer si quería estar así, llegó a la conclusión de que, con la ciencia en la mano, ese personaje estaba mal diseñado. Sin comentarios.

Abby (The Last of Us 2) es un personaje “irreal”. Kratos, en cambio, es completamente normal.

Ocurrencias surrealistas y aberrantes, sí, pero que bien demuestran una tendencia. La cinta de Rian Johnson, como tantas otras, no fue juzgada (solo) por su calidad: lo fue por su introducción de dichos elementos “políticamente correctos”. Para sus opositores, como vemos, la corrección política supone nada menos que la corrupción del arte y la cultura. Una quimera maldita dispuesta a acabar con la libertad de expresión y la calidad de los relatos. Pero… ¿en serio son éstos tan malos?

Los beneficios de la sensibilidad política

Yo creo que no. Que se equivocan. La “corrección política” no es un mal endémico que coarte nuestra libertad de expresión y nos impida crear nuevas historias; al contrario, expande como nunca nuestras posibilidades, permitiendo entrar al panorama narrativo a todo un nuevo cúmulo de temas que antes no conocíamos o al que no les prestamos su debida atención. 

Ante el argumento habitual (y falaz) de “hoy hay cosas que no se podrían rodar o decir”, quizá habría que plantearse el hecho de que hoy sepamos detectar en obras antiguas comportamientos antes aceptados y ahora reprochables nos hace todavía más libres e inteligentes, y no al revés. E incluso, ya puestos, que pasa el supuesto contrario: que hoy se dicen o se ruedan muchas cosas que antes no. No es cuestión de hacer un balance, pero está claro con qué nos quedamos como sociedad. 

Ana de Armas, heroína de Rian Johnson en Puñales por la espalda (Hollywood Reporter, 2019)

De todos modos, esto no significa que haya que condenar lo anterior, o las historias que no se ajusten al ideario político de nuestro tiempo. No hay que cancelar Lo que el viento se llevó para siempre ni menospreciar cualquier película o serie nueva que no incluya esos elementos. No todo el cine o toda la cultura tiene por qué ser políticamente correcta, por supuesto. Ni el hecho de que una obra plantee componentes problemáticos o contrarios a los intereses de la izquierda hace que ésta sea peor. Pero que exista la posibilidad de introducir cada vez más determinados movimientos sociales en nuestra cultura es una gran bendición, y no un símbolo de la decadencia de Occidente, como algunos sentencian.

Todos deberíamos aprender de este debate. Como hizo el propio Rian Johnson. Gracias a (o por culpa de) toda la polémica con The Last Jedi, el director estadounidense sacó material de sobra para hacer su siguiente película, Puñales por la espalda. Una loa constructiva, esta vez sin escrúpulos ni remilgos, a la clase obrera, al papel del inmigrante en la sociedad americana y, por supuesto, al feminismo. Lanzando algún que otro dardo envenenado a Trump y a la alt-right de paso. Para un servidor, la mejor película del año pasado. Puestos a servir polémica, ahí van dos tazas.  

+ posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *