Francia clama contra los César

Adèle Haenel abandona la gala de los premios César (Abaca Press, 2019)

La honte!”. Esas fueron las palabras de la actriz Adèle Haenel mientras se encaminaba hacia la salida de la sala Pleyel de París que acogía la gala de los César. “¡Qué vergüenza!”. Le siguieron otra decena de asistentes, ante la mirada del público, pero la cámara solo prestaba atención a Haenel. La razón tras la estampida era la victoria de Roman Polanski como Mejor Director, una decisión que, entre toda la polémica que rodeaba a los premios desde antes incluso de que comenzaran, solo podía ser interpretada como una provocación.

Han pasado 42 años desde que Roman Polanski fuese declarado culpable por la justicia estadounidense de abuso sexual a una menor pero el director polaco no ha cumplido un solo día de condena. A pesar de ello, Suiza, Francia y Polonia se han negado repetidamente a extraditarlo a Estados Unidos. El caso había sido ignorado, olvidado con el paso del tiempo, pero los César reabrieron la herida. El oficial y el espía, la película dirigida por Polanski, se presentaba con doce nominaciones a la gala celebrada el pasado 28 de febrero. “Doce problemas”, en palabras de Florence Foresti, presentadora de la gala, que abandonó junto con Adèle Haenel.

“Reconocer a Polanski es escupirle en la cara a todas las víctimas. Es decir que violar a las mujeres no es tan malo”, había declarado meses antes Adèle Haenel para el New York Times. Sus palabras hacían más reales las protestas de la sociedad francesa, las cuales provocaron la dimisión de la dirección de los César tras las distintas manifestaciones que sucedieron desde el anuncio de las nominaciones, en noviembre de 2019. La noche de la gala diversas asociaciones feministas llamaron a la manifestación frente a la sala Pleyel para protestar contra la presencia de Polanski en los premios, provocando un enfrentamiento con la policía gala. El director decidió no asistir a la gala, lo que fue probablemente una buena decisión, pues hasta poco antes de la llegada de las estrellas a la alfombra roja los agentes seguían conteniendo a los manifestantes. Pese a todo, la imagen de la noche la protagonizaron Adèle Haenel y su “¡Qué vergüenza!” al abandonar la ceremonia cuando Roman Polanski resultó ganador. Varios de los presentes, algunos de ellos rostros muy conocidos del cine francés, siguieron a Haenel. Esa misma madrugada, la actriz se acababa de convertir en un icono de las protestas.

Colectivos feministas se manifiestan frente a la sala Pleyel de París (Euronews)

Puede parecer un gesto insignificante en comparación con los disturbios a las puertas de los César, pero en retrospectiva, representa la ruptura de la élite cineasta con la sociedad a la que dicen representar. Los miembros de la industria rara vez se enfrentan al sistema que ellos han contribuido a construir. El movimiento Me Too impulsado por actrices estadounidenses para denunciar los abusos dentro del oficio solo alcanzó tal impacto por contar con el apoyo de gran parte de las cabezas visibles de Hollywood. En el caso de las acusaciones al productor Harvey Weinstein, muchos delitos de violencia sexual obtuvieron justicia pero otros se quedaron por el camino, cuando los acusados pusieron un pie fuera de la esfera pública.

Se asemeja a lo que declaró Haenel del movimiento en Francia al New York Times, recalcando que “desde una perspectiva política y cultural, a Francia se le ha ido el tren por completo”. Y es que, por la manera en la que las cosas en la industria han vuelto a su curso habitual, parece que el Me Too fue un hito aislado que tuvo la suerte de enfrentarse en el momento adecuado a las personas adecuadas. Sin ir más lejos, el “desplante” de Haenel en los César tiene pocos precedentes, por no decir ninguno. Solo se le acerca la noche de la entrega de los Óscars de 2017, cuando Casey Affleck, denunciado por acoso sexual, subió a recoger el premio de manos de Brie Larson, quien no le dedicó un solo aplauso. «Lo que hice en el escenario hablaba por sí mismo”, dijo la actriz en una entrevista para Vanity Fair.

Cuando se trata de tomar partido, los grandes nombres de la industria prefieren morderse la lengua y cuidarse las espaldas. Al fin y al cabo, se trata del mismo Hollywood que no renegó de Woody Allen hasta que las acusaciones de su hija contra él se volvieron imposibles de esconder bajo la alfombra. A Allen ya no le quedan muchos defensores; su última película tuvo que estrenarse bajo demanda al no encontrar ninguna distribuidora dispuesta a relacionar su nombre con el del director. Está por ver si Polanski llegará a recibir el mismo tratamiento en Europa algún día.

La de los César era una polémica anunciada, puede que hasta buscada por los organizadores de la ceremonia. Las protestas de los ciudadanos franceses y las declaraciones de Haenel en los meses previos vaticinaban una gala accidentada, una escalada de tensiones que desembocaron en los premios más bochornosos de la historia del cine francés. La sociedad ha respondido, pero no la industria cinematográfica. Lo que la primera no está dispuesta a perdonar la segunda lo premia sin remordimientos. Solo el tiempo dirá si la Academia francesa ha aprendido de sus errores, pero si algo ha quedado claro estos últimos años es que en el mundo del cine el armario no es lo suficientemente grande para tanto cadáver.

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