Especial Elecciones EE.UU. (II): ¿Quién es Donald Trump?

Esta pieza es la segunda parte de un especial sobre las elecciones norteamericanas. Consulta la primera entrega aquí .

Donald Trump afronta sus segundas elecciones con una desventaja de 11 puntos en las encuestas electorales. Fuente: The Guardian.

Los comicios de mañana se han convertido, por un lado, en una revisión exhaustiva de la figura de Donald Trump y, por otro, en una prueba de fuego de todos los resortes de Estados Unidos, incluido su proceso y engranajes democráticos. Son unas elecciones atípicas  por el contexto pandémico y la confluencia de una crisis sanitaria, económica y social, pero también porque se ha fraguado una suerte de tensión general por lo que pudiera pasar después de ellas. Trump, parece, no va a abandonar la Casa Blanca sin espectáculos. 

Parte de su discurso en los últimos días se ha centrado en deslegitimar los mecanismos electorales. Con un conteo más lento de lo habitual debido a los votos por correo, Trump tiene la oportunidad de negarse, de buenas a primeras, a aceptar los resultados democráticos y utilizar todos los recursos disponibles para que los juzgados decidan su validez. Su impulsividad e infantilismo podrían minar el panorama de abogados, golpes mediáticos y movilizaciones -digitales o físicas- que promuevan la conflictividad. 

Después de cuatro años en la presidencia, Donald Trump aún mantiene un poder de convocatoria considerable, incluso entre aquellos republicanos que lo detestan pero que encuentran en él ingredientes suficientes como para darle continuidad a su gobierno. Un buen puñado de incógnitas se ciernen, de todos modos, sobre su figura. Así que, apoyándonos en la cultura popular americana, trataremos de darles respuesta. ¿Qué ha hecho Trump para conservar la motivación de su electorado? ¿Qué define su discurso? ¿Quién es Donald John Trump? 

Un agujero negro

Trump monopoliza toda la política y la comunicación de su partido. Fuente: Público.

A Trump se le atribuye una egolatría gigantesca, pero aún mayor es su capacidad de absorción. Está obsesionado con que todo, desde la arquitectura hasta una ideología misma, hable de él, gire alrededor de él y sea él. Su talento ya no está en acaparar toda la atención, sino en vaciar de significado y de absorber, como un agujero negro, cualquier objeto físico o concepto abstracto que orbite cerca. 

Ha vaciado tanto al Partido Republicano que, en sus mítines, las banderas, carteles, gorras y camisetas solo hablan de Trump. Única y exclusivamente de él. La marca partidista ha desaparecido al completo de una forma espectacular y, diríamos, brillante. La ideología conservadora republicana ha de estar, en cualquier caso, en una habitación del pánico de la Casa Blanca, porque Trump solo es adepto a un dogma: el trumpismo. 

El trumpismo le permite definirse como un outsider de la política y oponerse al establishment de Hillary Clinton, de Joe Biden, de los demócratas; no está contagiado por la vieja política, ni por la nueva, ni por ningún tipo de tradición, porque únicamente el trumpismo cumple con lo que le interesa: su autorreferencialidad.

Si tuviéramos que comparar al presidente de los Estados Unidos de América con una figura del cine estadounidense actual, la analogía más directa y obvia la encontraríamos en el Joker (Todd Phillips, 2019) interpretado por Joaquin Phoenix. En el filme, el clásico villano de Batman se propone a sí mismo como un ente apolítico y ajeno al sistema. No atribuye a sus fechorías un sesgo político o una intención moral-filosófica: las lleva a cabo porque sí, porque está loco. Porque, según su turbado juicio, es una víctima del sistema, del establishment, y debe actuar en contra de él. Como Trump, no alberga más ideología ni posible óptica de visión que la de sí mismo, lo que los convierte a ambos en guerreros de una sola causa: la suya propia. 

Experto en demagogia

Los paralelismos entre Trump y el personaje interpretado por Phoenix se hacen todavía más evidentes si hablamos de demagogia y populismo. Fuente: Exclaim!

La analogía avanza; Trump encarna como nadie -ese es uno de sus mayores talentos- el resentimiento hacia la izquierda moralista, lo progre, y todo lo que tenga que ver con ella y la corrección política. Actúa como un catalizador perfecto del rencor de una parte importante de sus votantes, pero no tiene un proyecto de futuro para los Estados Unidos. Así lo escribió Bob Woodward -uno de los famosos periodistas que destaparon el caso Watergate– en su libro Rabia: “[Trump] llevaba casi tres años siendo presidente, y no parecía capaz de articu­lar una estrategia ni un plan para el país”. 

El norteamericano que vote a Trump no vivirá mejor con él, pero al menos, si gana, podrá hacer un par de peinetas desde la ventana de su coche; en vez de beneficiarse de un proyecto a medio-largo plazo, obtiene la posibilidad de enfrentarse y derrotar a lo políticamente correcto. 

Si hay algo que no podemos negarle al candidato republicano, al fin y al cabo, es su maestría y brillantez en la demagogia; es un río que desborda todos los diques, capaz de legitimar la rabia y el odio, la cólera, de crear un engaño épico -“vótame porque soy yo, porque soy yo o ellos, los progres, la tiranía”- y mayúsculo. 

La demagogia y el populismo son otras de las características que comparte con el payaso del crimen, que también engatusa a sus adeptos. Al no poseer ideología ni discurso político, la “revolución” que inicia -de manera casi accidental- al término de la película tampoco, pues surge del azar y de la mente nublada de un hombre que no quiere reivindicar ninguna causa popular, sino su propia angustia vital. Por lo tanto, es una rebelión desclasada, una lucha contra todo y contra nada, sin sujetos o disparadores, sin objetivos; es el odio por el odio, la sangre por la sangre. La locura. Nadie en la Gotham de Phoenix va a aprender nada ni a vivir mejor después de ella, pero ésta habrá servido como un canal sobre el que vomitar todo cuanto odio interno alberguen hacia el establishment sus instigadores. 

Del mismo modo, nadie sabría explicar bien por qué Joker hace lo que hace, pues no tiene sentido, más allá de su demencia. Sin embargo, su figura se deifica. Es visto como una especie de salvador, con un séquito de acólitos extremadamente radicales, que ven en su líder una excusa para justificar sus odios y opiniones controversiales internas. Exactamente el mismo papel que representa Trump para la alt-right -extrema derecha- estadounidense. Es un espejo en el que reflejarse, y gracias al cual poder expandir sin temor sus creencias, sin preocuparse de que esté mal visto o de que la “tiranía” de lo políticamente correcto les moleste. 

Su hábil manejo de las narrativas y su capacidad de sintetizar todo -un partido, una ideología- en sí mismo refuerzan un culto al líder extremo. Sus votantes son fans acérrimos, creyentes devotos de esa verdad absoluta trumpista -que es una verdad autorreferencial, cierta sólo porque se construye sobre sí misma-, hecho que enorgullece enormemente al magnate, que llegó a pronunciar en la anterior campaña frases como esta: “Tengo a los votantes más leales. ¿Alguna vez habéis visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente, y no perdería votantes”. Bien la podría haber dicho el Joker, pero fue él. Así, cuando Trump advierte de que van a “destruir nuestra nación”, o de que es necesario recuperar los valores constitucionales de Estados Unidos, está aludiendo no a un concepto ideológico de nación o de valores, sino a sí mismo, a su verdad autorreferencial aceptada por sus seguidores. Van a destruirlo a él, que es la nación. 

Tanto Biden como él articulan sus mensajes alrededor de este tipo de expresiones, pero Biden al menos simula tener tras de sí una ideología fundamentada en tradiciones de pensamiento que le han precedido y, probablemente, le precederán. No es así en el caso de Trump, que entiende las elecciones como una prueba de fuego no tanto para su mandato, sino para su persona. Lo sentenciaba John Carlin en una de sus crónicas: “porque su futuro es lo que está en juego, y su futuro es el único futuro que hay. En el mundo”. 

En definitiva, Donald Trump promete, si continúa en el poder, alimentar el odio hacia lo correcto, en una práctica admirable de manipulación política y verborrea. Queda por saber si será capaz de proponer y construir algún tipo de plan de Estado; si sus asesores y consejeros podrán contener las locuras que se le ocurran para sobrellevar las distintas crisis globales. Lo más probable, sin embargo, es que siga absorbiendo todo -el partido, los medios, los votantes, la legitimidad de la democracia- hasta que ya no quede nada. Ni siquiera él mismo.

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Estudiante de Periodismo en la USC. Corrector de estilo y escritor novel. Del 99.

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