Especial elecciones EE.UU. (I): ¿Quién es Joe Biden?

Joe Biden, en uno de los últimos mítines antes de las elecciones. Fuente: Milenio.

Dos líneas paralelas se encargan de sintetizar el contexto político de un país con más de 300 millones de habitantes. Todas las miradas, los análisis estadísticos y las reflexiones se concentran alrededor de esas rayas azules y rojas, reflejo de una pugna democrática que es también una carrera por la presidencia y el poder de una potencia mundial. 

Las mediciones de las encuestas, que vuelven a dar ventaja a los demócratas, invitan a trazar paralelismos claros con lo sucedido en 2016. De hecho, uno incluso puede atisbar, en esos 11 puntos que separan a Joe Biden de Donald Trump en las encuestas preelectorales, el estrés postraumático del Partido Demócrata, consecuencia directa de lo sucedido entre Hillary Clinton y el actual presidente. 

Sin embargo, el eje transversal de las elecciones ha cambiado, con una campaña actual marcada por lo viral en su sentido puramente biológico. El covid-19 se expande hasta la economía, la inmigración, la seguridad nacional o el cambio climático, e incluso la mascarilla ha servido como objeto de uso político para profundizar en los perfiles de ambos candidatos. 

A Donald Trump ya lo conocemos, aunque sea de oídas; pero Joe Biden despierta, a este lado del océano, un mar de dudas. Una serie de interrogantes que, en este artículo, apoyándonos en la cultura popular americana, trataremos de concretar; ¿por qué triunfa? Y lo que es más importante, ¿qué podría encontrar atractivo un americano en él? ¿Quién es Joe Biden?

Una vida entera en política

Joe Biden con su familia al completo, mientras declaraba su candidatura a las elecciones generales por primera vez en el año 1987. Fuente: The New York Times.

Biden es, ante todo, un maratonista de la política. Le respaldan 36 años como senador en Delaware, y otros 8 como vicepresidente del país durante el mandato de Obama. Se le considera un político de la vieja escuela, con un perfil antitético al de Trump, que siempre ha estado más cerca de la imagen de un empresario al poder que de un político al mando.

Hay otro hecho muy atractivo en el proyecto de Biden: el americano medio lo ve como un hombre más pragmático que ideológico, capaz de tender puentes con otros agentes de la esfera política, incluido el propio Partido Republicano. Acostumbrado al fragor de la batalla diplomática, su definición en términos políticos adquiere tintes de un administrador o gestor transversal, muy cotizado en tiempos de crisis; recuerda, en comparación con nuestro territorio nacional, a figuras como Mariano Rajoy o Alberto Núñez Feijóo, de claro corte más moderado. 

De Biden, pues, no se esperan grandes revoluciones ni cambios, solo que haga las cosas mejor que Trump. Que equilibre, que gestione, que construya y no destruya. Y, sin embargo, ahí está también una de sus paradojas: es tan moderado que resulta aséptico, tan neutral que no provoca nada. Ni miedo, ni odio, ni tampoco ilusión.

Su asumible falta de carisma podría ser contraproducente en otros contextos sociopolíticos, pero, tras los cuatro años de mandato de Donald Trump y una pandemia de por medio, Biden aporta un aire de no-conflictividad que resulta atractivo. Más todavía si imbuye su discurso de un llamamiento a la moralidad individual; votar a Joe Biden implica, según el demócrata, recuperar “el alma de la nación” estadounidense, demostrar al mundo “que Estados Unidos sigue siendo un faro de luz”. 

En el ideario demócrata, Joe Biden asume ahora el papel de reconducir su nación después de una época convulsa e inestable, en la que los valores que se le presuponen a la sociedad norteamericana han sido puestos en entredicho. Ha de convertirse en ese padre sin nombre que, como en The Road (John Hillcoat, 2009), con la cara de Viggo Mortensen, es capaz de inculcar en su hijo -los Estados Unidos- los valores del pasado. Y lo hace porque, desde su perspectiva, tales virtudes morales son, además de necesarias para la supervivencia, un recuerdo del pasado glorioso de su mundo. Un vínculo con la tradición.

El tío Biden

La carrera de Joe Biden recuerda a la de uno de los personajes más queridos de la cultura popular norteamericana

Biden se convertiría, si ganase las elecciones a sus 77 años, en el mandatario más viejo de la historia de EE.UU. Hace tiempo, de hecho, que ha dejado atrás la parte más enérgica y lúcida de su carrera política. Su tono al hablar es calmado y apaciguado, acorde a su vejez, y contrasta con las formas más infantiles y belicosas de Trump. Biden tartamudea, se pone nervioso en los discursos -la oratoria, coinciden expertos y analistas, no se le da bien- y se olvida de los nombres. Pero triunfa porque Biden, ante todo, es Uncle Biden (“el tío Biden»). No será brillante, pero sí familiar; la gente sabe quién es, qué le define, cuál es su pasado. Y como figura política, ni siquiera levanta odios entre los seguidores más acérrimos de Donald Trump. Joe Biden es pura normalidad. Vieja normalidad. 

La figura del líder demócrata se asemeja a la de otro tipo corriente del imaginario popular norteamericano: Clint Eastwood. El director californiano lleva toda su vida haciendo cine en Hollywood y, pese a que su imagen es más bien la de un tipo un tanto cascarrabias y malhumorado, el pueblo estadounidense lo quiere y lo respeta. Eastwood se convierte en una suerte de padre que siempre ha estado ahí, formando parte de la memoria de la época.

Del mismo modo, las carreras profesionales de ambos también se parecen. Si a Eastwood lo apodan como “El último director clásico”, por sus similitudes artísticas con el cine del pasado, a Biden bien podría llamársele “uno de los últimos políticos clásicos”, por haber desarrollado toda una carrera en la política estadounidense sin menoscabar los principios democráticos que aprendió de joven. 

Pero si hay un tipo corriente y entrañable de la cultura popular yanqui al que todos veneran y que define a la perfección la idiosincrasia de su pueblo, ese es Tom Hanks. O, para ser más precisos, el prototipo de personaje que interpreta siempre este actor. Hanks da vida en múltiples ocasiones al ciudadano medio de Estados Unidos; alguien corriente, común, sin ninguna clase de ventaja o superpoder, que se enfrenta a la realidad sin más armas que las que cualquiera podría tener.

Personajes como el de Náufrago (Robert Zemeckis, 2000), Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) o Salvar al Soldado Ryan (Steven Spielberg, 2007) realzan la figura del héroe ciudadano; aquel que, pese a las dificultades, no olvida jamás los principios cívicos y democráticos de su país, y antepone el bienestar ajeno al propio con sus actos. Pero, de entre todos los ejemplos posibles, no hay ninguno que ilustre mejor la vida y carrera de Joe Biden que el de Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994).

Biden, decíamos antes, conserva parte de la tartamudez de su infancia; llegó incluso a ensayar poemas delante de un espejo para tratar de paliar esa condición. Resulta inconcebible pensar en las frases más famosas de Forrest Gump sin imitar su entrañable tartamudeo. A Biden y Gump los unen a su vez sus orígenes: ambos proceden de un entorno humilde y son vistos como tipos descifrables. También los une, incluso, una vida marcada por la tragedia.

Un pasado trágico

El tren define a Biden; el senador demócrata lo cogía todas las mañanas desde su ciudad, Wilmington, a hora y media de Washington, para estar con sus hijos pequeños por la noche. Fuente: Joe McNally Blog (2015).

El recorrido político de Biden se entremezcla con su devenir vital. La mayor parte de analistas le atribuyen una gran empatía, directamente relacionada con la tragedia emocional que ha vivido el candidato demócrata. Su primera esposa y su hija de doce meses murieron en un accidente de coche en 1972, una semana antes del día de Navidad. Sobrevivieron sus dos hijos, Hunter y Beau Biden, de dos y tres años. Sin embargo, el segundo fallecería más adelante, en 2015, a causa de un tumor cerebral. Todo este sufrimiento personal se vuelca en su forma de entender la política y nutre su capacidad de acercarse al dolor ajeno, que le aproxima también al electorado más preocupado por lo social que por lo económico. 

Joe Biden presenta, a todas luces, un camino de recuperación muy pródigo en la filmografía norteamericana. Biden podría ser un Forrest Gump, pero también un Jake Gyllenhaall en Redención (Antoine Fuqua, 2015), con su capacidad de sobreponerse al dolor, enfrentarse a las dificultades e intentar salir victorioso; un Russell Crowe en Gladiator (Ridley Scott, 2000), motivado a seguir adelante por la injusta pérdida de su familia, o un Sean Penn en Yo Soy Sam (Jessie Nelson, 2001), como un padre que debe sobreponerse a las circunstancias para seguir cuidando a sus hijos. 

A mayores, Biden juega con un factor decisivo en comparación con 2016: se parece muy poco a Hillary Clinton. Llega hasta el votante blanco y afroamericano mejor que ella, y aún siendo un defensor del statu quo y del establishment, se ha labrado su esfera de contactos entre los pasillos del Congreso, en contraposición a Clinton y a Trump, que siempre han preferido culebrear en los círculos de Wall Street antes que en los de la alta política estadounidense. El rechazo frontal que despertaba la ex primera dama, rozando el odio, ha desaparecido en la candidatura demócrata actual; ahora, de hecho, muchos estadounidenses no votarán para evitar que Clinton alcance el poder, sino para que Trump se mantenga en él. 

En definitiva, la figura de Joe Biden se plantea como una opción plausible, y hasta idónea, para derrocar a Donald Trump. Biden es el candidato perfecto para tiempos revueltos, pandémicos, polarizados; la vieja normalidad, la estabilidad, el no-conflicto. Queda pendiente por saber, no obstante, si ayudará a construir una ideología demócrata de futuro, que motive a las generaciones más jóvenes y defina los caminos para hacer frente a los retos tecnológicos, sociales y climáticos del siglo XXI. 

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Estudiante de Periodismo en la USC. Corrector de estilo y escritor novel. Del 99.

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