A propósito de Europa

Era difícil vaticinar, antes de que la covid-19 permease absolutamente todos los aspectos sociales y económicos de nuestra existencia, que sería un virus el que pondría a prueba la construcción no solo económica, sino también política de la Unión Europea. No fueron protestas en contra de la xenofobia, o la devastación medioambiental, o la automatización del empleo, lo que ha llevado al extremo a aquella agrupación supranacional que ahora, más que nunca, debe definirse como ente político. La naturaleza, apoyada por las características estructurales de la globalización, ha recordado que, aunque nos empecinemos, sigue siendo difícil de controlar.

Los debates vividos en Bruselas y las negociaciones para diseñar un presupuesto en consonancia con la complejísima situación en la que nos encontramos jugaban con algo muy importante, poco tangible y delicado: la fe en el proyecto común. De hecho, algunos ya miran hacia la Unión Europea con distintos ojos, más todavía tras la percepción que existe de los países denominados como frugales. La pregunta estaba y está en el aire: ¿para qué sirve la Unión Europea?

Una respuesta negativa a esta cuestión implica realmente una pérdida de fe en el tipo de instituciones que gobiernan, pero también en las dinámicas democráticas que utilizan como base de trabajo: los pactos, diálogos y proyectos en común. Y repensar una alternativa supone verse tentado por algo más directo, simple y dañino: el autoritarismo. 

La UE ya tiene su pasado. Uno marcado por la agrupación económica, el deseo de impedir más conflictos mundiales y la construcción de espacios democráticos que juguetean con las dinámicas del neoliberalismo. Con el paso del tiempo, lo que comenzó siendo algo monetario y mercantil se ha imbuido de un corpus simbólico y social. Y es eso lo que se debe afinar ahora: ¿Qué caracterizará a la nueva Europa política, y no solo geográfica? Toca enfrentarse a la visión de sí mismos en el futuro, sin fallar a los que han creído en el proyecto europeo, con sus ventajas y deficiencias estructurales. 

EL NEOLIBERALISMO Y LA HEGEMONÍA EUROPEA

La apuesta, tras la aprobación del fondo de reconstrucción europeo, es clara: la transición ecológica y la digitalización se convierten en los cimientos de esta forma de ver el futuro. Ahora, los debates deberían girar en torno a cómo desarrollar medidas específicas que beneficien a la Unión Europea, en conjunto, y a los Estados-nación en concreto, y corrijan los problemas expuestos con la crisis del coronavirus.

La digitalización también necesitará nuevas líneas de pensamiento sociales que se complementen con las económicas. (Markus Spiske, 2018)

El exceso de externalización ha desembocado en una pérdida de potencia productiva y vinculación entre empresas y entorno. Y quizá sea esta una de las lecciones sociales del coronavirus: lo local, la comunidad próxima, valora esas pequeñas y medianas empresas que se relacionan y se preocupan por la calidad de vida de habitantes, clientes y trabajadores. La transición ecológica podría ir de la mano, a su vez, de cadenas de producción cercanas, cuanto menos europeas, vinculadas a su entorno y al ámbito social en el que se inscriben. Con estructuras económicas, en esencia, más democráticas y unos productos más sostenibles.  Incluso, utópicamente, podría realizarse una revisión del modo de vida existente, que es característicamente industrial y que desborda el ámbito laboral, alcanzando un sinfín de aspectos vitales, desde la concepción del movimiento y las infraestructuras hasta el consumo textil.

Sin embargo, el gran melón está en qué hará Europa, como ente político, ante quienes han salido más reforzados del modo de vida en cuarentena y se interrelacionan con el proceso de digitalización en ciernes: las grandes empresas tecnológicas de acumulación de datos, lo que José María Lassalle denomina ciberleviatán en su ensayo homónimo. En el vínculo que marque la Unión Europea con ellas hallaríamos una diferencia clave, que incluso permita a Europa situarse como un nuevo referente de cara al futuro. 

Una digitalización sana pasa por acotar el campo de actuación del poder algorítmico que han alcanzado los ciberleviatanes, atrincherados bajo el paraguas desregulatorio de Estados Unidos y bien parapetados tras la micronación de Sillicon Valley. No se trata de aniquilarlos ni de rechazar la innovación tecnológica que proporcionan, sino de reflexionar alrededor de qué está pasando con algunos de nuestros derechos y libertades y cómo, si no hay una compensación de las actuales dinámicas del sistema, podrían verse amenazados. Un mundo cada vez más digital implica, también, un ecosistema donde las grandes corporaciones que manejan datos y algoritmos cobran más peso todavía. Y, de momento, solo Europa mantiene una parcial, minoritaria e incipiente voluntad de discutir, reflexionar y equilibrar su peso. 

Un mundo cada vez más digital desemboca en unas empresas de acumulación de datos todavía más potentes y desarrolladas. (Morning Brew, 2020)

En el panorama internacional, Estados Unidos opta por la hegemonía en innovación tecnológica digital, abrazándose a los ciberleviatanes. Sillicon Valley suma y sigue en la captación de conocimiento y -mucho- dinero. Aunque, hemos de decir, también mira de vez en cuando hacia atrás, para ver cuán cerca está China. Y es precisamente China la que se alza con la hegemonía de la capacidad productiva, en unión con otros tantos países asiáticos que proporcionan unos marcos laborales y regulatorios tenues por la pérdida de derechos de los trabajadores. Aquí entra la entidad política de Europa: si uno lidera en lo tecnológico y el otro en lo productivo, que sea la protección social la seña de identidad del proyecto común. 

Para bien y para mal, los europeos vivimos en un continente viejo. Para mal, porque nos anquilosamos en formas egocéntricas de vernos a nosotros mismos, siempre desde una actitud de superioridad moral y cultural, como si todavía viviésemos en épocas imperialistas y el mundo girara al vaivén de Europa. Nunca miramos hacia Oriente para aprender, solo para dar lecciones desde el púlpito, y prácticamente sucedería lo mismo en el caso de Sudamérica. Para bien, porque podemos rescatar de la historia colectiva, de la tradición social y cultural, el punto de partida en el tablero internacional: la protección de la sociedad, la defensa a ultranza de los derechos y libertades ante nuevas amenazas.  Realmente, reorientar conceptos y acercarlos a la realidad tecnológica más inminente.  

Sucede, por ejemplo, que el futuro podría deparar una vuelta de tuerca más a la división de las clases sociales; manteniendo el análisis entre la clase baja, media o alta, la digitalización y los ciberleviatanes añaden a cada definición una característica nueva, que tiene que ver con el rol que se adopta en el proceso de recopilación, tratamiento y uso de datos, y en la accesibilidad tecnológica de cada estrato. La brecha digital, palpitante en el caso de la sociedad española, influirá más y más en el ecosistema digital y tecnológico, como también lo hará el conocimiento sobre cómo se constituyen las relaciones entre clientes-corporaciones de datos. Es necesario humanizar la tecnología, de igual manera que es necesario humanizar lo económico y recordar la importancia de nuestros derechos y libertades individuales frente a los nuevos dilemas que se plantean.

La digitalización crea nuevas brechas socioeconómicas que hay que solventar y requiere nuevos procesos analíticos de la realidad social. (Visuals, 2020)

Ante las hegemonías tecnológica y productiva, la construcción de la hegemonía de los derechos sociales, que implica atreverse a sacar adelante instrumentos económicos como la Tasa Google para revisar, acotar y llevar el debate teórico sobre el papel de las grandes tecnológicas al ámbito pragmático. Esta nueva hegemonía utiliza los recursos de las dos primeras, pero bajo una línea de pensamiento y una ética claras, y también desemboca en la observación de la digitalización desde una óptica humana y la crítica abierta a estructuras políticas como la húngara, que atacan los fundamentos del estado de derecho. De eso va todo esto: de construir Europa, como se lee en los carteles de los proyectos financiados por el fondo común, y concretar medidas específicas tanto económicas como sociales que respondan a un nuevo corpus cultural, como nuevas son las relaciones culturales que se están fraguando. 

La UE parece que se enfrenta, al menos, a un cambio de planteamiento general y moderado, como todo lo que sale del ente supranacional, tanto en la forma de encarar la reconstrucción de la crisis económica como en la de desligarse de EEUU y adoptar una postura crítica con Google, Apple o Facebook. Pero debería compaginar la puesta en marcha de planes económicos con consensos de carácter social. Dice digitalizar, dice industrializar y tomar decisiones sobre el modelo productivo de cada territorio, pero falta comenzar a plantearse cómo cuidar y defender, dentro del proceso de digitalización y modernización que se exige, la protección de las personas, con todo lo que abarcan como individuos. Falta construir la hegemonía de lo humano. 

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Estudiante de Periodismo en la USC. Corrector de estilo y escritor novel. Del 99.

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